Mientras Circe y yo compartíamos el lecho —continuó Odiseo—, cuatro ninfas, hijas de las fuentes y las arboledas y de los ríos sagrados que desembocan en el mar, trabajaban a lo largo del palacio.Una cubrió las sillas con mantos púrpura; otra colocó mesas de plata con canastas de oro; la tercera preparó vino en un caldero plateado y lo sirvió en copas de oro; la cuarta hirvió agua bajo un trípode.Fue ella quien me llevó a una tina y comenzó a bañarme. El agua tenía la temperatura perfecta.Después me untó aceite y me vistió con una capa y una túnica de lana fina. Me llevó de la mano hacia una silla bellamente labrada y adornada con tachuelas de plata. Puso un taburete para reposar los pies.Otra de ellas me ofreció agua para lavar mis manos, mientras un cocinero sirvió pan y un abundante banquete. Pero no quise dar un bocado.—¿Por qué no comes, Odiseo? Juré no hacerte daño, ¿recuerdas? —me dijo Circe.—Un hombre decente no puede comer y beber vino si sus hombres no son liberados.La diosa abrió el chiquero y los dejó entrar, tan grandes como gordos jabalíes.Caminó entre ellos. Les untó una poción. Las cerdas, que antes habían crecido, desaparecieron. Volvieron a ser hombres.Pero parecían más jóvenes que antes, mucho más apuestos y altos. Me reconocieron y uno por uno me agradecieron.—Ve ahora a la nave, sácala a tierra y regresa con tu leal tripulación.Allí, en la costa, todos creyeron mi historia menos Euríloco.—¡Tontos! No acompañen a Odiseo. Nuestros amigos murieron en la cueva del Cíclope por sus malas decisiones. Tuve el deseo de sacar mi larga espada y cortarle la cabeza. Pero mis hombres lo evitaron.Al fin, vino con nosotros, temiendo mi furia.Circe ya había liberado a otros hombres. Luego los bañó con cuidado y los frotó con aceite.Los encontramos comiendo en el salón. Los hombres, descubriendo su rostro frente a frente, comenzaron a llorar. Circe me dijo:—Hijo de Laertes, detén estos lamentos. Sé que han sufrido demasiado en el mar lleno de peces y en la tierra de criaturas hostiles. Pero ahora es momento de comer y de beber. Solo así podrán recuperar la misma fuerza de cuando zarparon de Ítaca a la guerra.Y así lo hicimos. Por un año entero comimos carne y bebimos dulce vino. Vivimos los meses, el cambio de las estaciones y la duración de los días. Entonces mis hombres me llamaron y dijeron:—Ahora es tiempo de pensar en nuestra tierra, si es que estás destinado a regresar.Mi alma de guerrero asintió. Por todo un día comimos y bebimos. Pero, cuando el sol se puso y llegó la oscuridad, subí a la espléndida alcoba de la diosa. Le toqué las rodillas y, suplicante, le dije:—Cumple tu promesa. Mi corazón quiere irse ahora.Y ella me contestó:—Gran rey Odiseo, no debes permanecer en contra de tu voluntad. Aunque antes debes hacer otro viaje: ve a la casa de Hades y de la espantosa Perséfone; encuentra al profeta de Tebas, el ciego Tiresias; pide su consejo.Aquello me rompió el corazón. En un segundo había perdido las ganas de vivir y de volver a ver el sol. Cuando terminé de sollozar, le dije:—Pero Circe, ¿quién puede guiarnos en esta travesía? Nadie hasta ahora ha navegado al Hades en un barco.—Tú eres el ingenioso rey Odiseo. No te preocupes. Eleva las blancas velas y navega. Los vientos del norte empujarán la nave.Al amanecer, su trono dorado resplandeció. Circe me cubrió con el manto y la túnica. Ella llevaba un largo vestido blanco, un cinturón de oro y un velo en la cabeza.—Despierten —les dije a mis hombres—. Nos tenemos que ir. Elpenor, el más joven, se encontraba en el techo, luego de haberse emborrachado la noche anterior. Al escuchar el alboroto, cayó al suelo y se quebró el cuello. Su espíritu se fue al Hades.—Quizá piensan que regresamos a casa —les dije a todos—. Pero no.Ya en la nave, Circe ató una oveja negra y un carnero. A pesar de nuestra pena, comenzamos a navegar.