“La noche comienza cuando el día se acaba. Entonces las luces se apagan y reina la oscuridad”. Ese es el inicio de un cuento que les leía a mis hijos algunas noches, antes de dormir. La narración era relativamente sencilla: explicaba qué sucede durante la noche; quiénes dejan de trabajar y quiénes comienzan su jornada; cuáles animales despiertan y cuáles duermen. El cuento pretendía crear un ambiente tranquilo para no temer a la oscuridad y dormir bien.Nunca he olvidado el inicio de aquel cuento y creo que sé por qué. La noche, en efecto, comienza cuando el día se acaba. Pero en nuestras sociedades, que el día termine no implica en modo alguno que “reine la oscuridad”, ni que detengamos nuestras actividades para descansar. La electricidad permitió prolongar el día; después llegaron las pantallas, los teléfonos móviles, el correo electrónico y la posibilidad de permanecer disponibles casi a cualquier hora: el día ya no termina del todo.Con ello se ha modificado algo más que nuestros horarios; se ha transformado nuestra relación con el tiempo. Cada vez quedan menos momentos que no deban servir para algo. Trabajamos, producimos, respondemos mensajes, hacemos ejercicio, nos informamos, aprendemos idiomas, escuchamos un podcast mientras caminamos y medimos incluso la calidad de nuestro sueño. Hasta el descanso parece necesitar una justificación: descansamos para rendir mejor después.La lógica de la utilidad ha ido ocupando espacios que antes podían simplemente existir. Un paseo, una conversación, mirar por la ventana o permanecer en silencio parecen actividades incompletas si no producen algún resultado. La pregunta “¿para qué sirve?” se ha convertido en uno de los criterios dominantes con los que valoramos nuestras acciones.De manera contrastante, a la filosofía se le ha reprochado desde sus orígenes su aparente inutilidad. No saca muelas, no mueve palancas ni tornillos, no produce objetos, no cura enfermedades, no construye edificios ni garantiza que alguien gane más dinero. Sócrates pasaba buena parte de su tiempo haciendo preguntas que incomodaban a sus conciudadanos y que, desde una perspectiva estrictamente funcional, podían parecer una pérdida de tiempo.Sin embargo, quizá esa aparente inutilidad sea precisamente una de sus mayores virtudes: la filosofía introduce una interrupción que nos obliga a detenernos frente a aquello que damos por sentado y preguntar por qué vivimos como vivimos, qué entendemos por éxito, por bienestar, por libertad o por una vida buena. No responde necesariamente a las exigencias inmediatas de la productividad; cuestiona, más bien, si esas exigencias merecen ocupar todo nuestro tiempo.En un mundo organizado alrededor de la eficiencia, detenerse a pensar, por supuesto, puede parecer improductivo. Pero una vida dedicada exclusivamente a cumplir funciones corre el riesgo de olvidar para qué quiere cumplirlas. Podemos volvernos extraordinariamente eficaces en hacer cosas sin preguntarnos si esas cosas valen la pena.Aristóteles distinguía ya entre las actividades que realizamos como medios para alcanzar otra cosa y aquellas que tienen su fin en sí mismas. La amistad, la contemplación o el conocimiento no necesitan justificarse por una utilidad exterior: valen por aquello que son.Quizá una de las tareas actuales de la filosofía consista precisamente en defender esos espacios que no necesitan producir nada: el pensamiento, la conversación, la contemplación, el ocio. Defenderlos no como descansos destinados a recuperar fuerzas para volver a trabajar, sino como dimensiones propias de una vida humana.Tal vez por eso sigo recordando aquella frase: “La noche comienza cuando el día se acaba”. Porque contiene algo que hemos empezado a perder: la idea de que hay un momento en que el día debe terminar.Y quizá también necesitemos recuperar el derecho a que, de vez en cuando, reine la oscuridad.