Es difícil que alguien no haya escuchado hablar de La metamorfosis alguna vez. Si bien no es una lectura obligatoria en los centros educativos españoles, es habitual que esta novela corta de Franz Kafka se imparta en las aulas, por lo que la historia de su protagonista, Gregor Samsa, el hombre que al despertar se percibe transformado en un monstruoso insecto, es cuanto menos popular. Lo lleva siendo desde que se publicó en 1915 bajo el título en alemán Die Verwandlung o, lo que es lo mismo, La transformación , un título más preciso de este relato, traducido en España diez años más tarde. Desde que fue publicada, esta obra no ha hecho sino desconcertar a sus lectores. Ya en abril de 1917 un cierto Siegfried Wolff escribió a Kafka una carta en la que le confesaba que le había hecho “infeliz”: “He comprado su Verwandlung y lo he regalado a mi prima, pero ella es incapaz de explicarse la historia. Mi prima se lo dio a su madre, que tampoco tiene explicación alguna. Su madre ha dado el libro a mi otra prima, quien tampoco le encuentra explicación. Ahora me han escrito: esperan que yo les explique la obra, porque yo soy quien tiene un doctorado en la familia. Sin embargo, no sé por dónde tirar”. En su ensayo La verdad sobre Gregor Samsa (Akal), que llegará a las librerías el 21 de septiembre, el profesor e historiador Fernando Bermejo-Rubio analiza por qué, tantas décadas después, el sentido de este texto canónico no ha sido aún desentrañado y plantea una hipótesis nunca antes articulada, que elucida la totalidad del relato: Samsa no se convirtió en insecto. “La crítica ha consolidado una determinada interpretación de la obra, materializada en un insecto, que ha calado en el imaginario colectivo, formando ya parte del acervo de la cultura moderna hasta tal punto que apenas resulta posible no leer desde ese ángulo de comprensión”, opina el experto, que hace más de 30 años que da vueltas al asunto. “Empecé a leer La transformación con dos amigos y, como tantos otros, quedé sumido en la perplejidad. Me intrigó tanto que decidí leer cuanto se había escrito sobre ella en las principales lenguas europeas. Pronto me percaté de que el grueso de los críticos, empezando por Harold Bloom o Vladimir Nabokov, quienes aceptan lo que podría llamarse el ‘dogma entomológico’, no eran capaces de elucidar el texto”. ¿Qué llevó entonces a contemplar una perspectiva distinta a la asumida por todos ellos? Bermejo-Rubio apunta a la existencia de una serie de datos textuales que no casan bien con la hipótesis de una metamorfosis del protagonista. “Se hallan indicios de que tanto la mente como el cuerpo de Gregor Samsa son en todo momento los de un ser humano. El protagonista sonríe y llora; suspira, jadea, carraspea y tose; su cuerpo es de carne y sangre; posee cuello y orificios nasales; es capaz de realizar muy variados movimientos con su cabeza; puede ponerse en pie; y, por si fuera poco, habla, en tal medida que los otros logran entenderlo. Si la intención de Kafka hubiese sido impactar al lector con la súbita metamorfosis de un hombre en un monstruoso insecto ¿por qué lo habría hecho de forma tan torpe y contradictoria, describiéndolo con tantos rasgos característicamente humanos?”. Estas observaciones son solo el principio de una investigación que vuelve a pensar desde el principio el sentido de la obra. De ahí que el primer capítulo esté dedicado al narrador: “Dado que la obra se cuenta en tercera persona,la crítica suele considerar que el narrador es omnisciente y objetivo y que su información puede aceptarse sin reservas, pero en realidad lo que dice refleja una perspectiva limitada, que se corresponde con la de Gregor Samsa. Ahora bien, no puede darse por demostrada una metamorfosis porque el relato comience diciendo que el protagonista se encuentra transformado. Es legítimo preguntarse si esa experiencia pertenece en realidad a la conciencia de Gregor y no a una descripción objetiva de los hechos”. La elucidación efectuada por el autor pasa por descubrir que el micromundo habitado por Gregor Samsa “es en realidad un círculo victimario”, es decir, el protagonista es la víctima de su familia y de la empresa en la que trabaja, para las cuales él es solo un ser productivo; su situación se agrava el día en el que cae enfermo. Este es el contexto en el que tiene lugar su experiencia matutina, en la que se percibe como un “bicho”, es decir, como un ser insignificante y despreciable. Por si los motivos no fueran suficientes para volver a leer la obra con otros ojos, Bermejo-Rubio recuerda otra pista: el hecho de que Kafka escribiera enfáticamente en 1915 a la editorial de Kurt Wolff para manifestar que su protagonista no podía ser dibujado tal y como proponía el ilustrador Ottomar Starke: “¡Eso no, por favor, eso no! Ni siquiera puede ser mostrado de lejos. Le estaría muy agradecido si tramitase y respaldase mi petición”.