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Viaje al 'Land' donde ya no desemboca el gas ruso: "La gente no lo entiende"
Alemania vuelve a las urnas. Dos semanas después de la victoria de la ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD) en Sajonia-Anhalt, este domingo les toca el turno a Berlín y Mecklemburgo-Pomerania Occidental. Son dos elecciones con dinámicas propias, pero inevitablemente condicionadas por una pregunta de fondo: hasta dónde puede seguir creciendo la AfD y cuánto tiempo podrán resistir los partidos tradicionales, especialmente la Unión Cristianodemócrata (CDU) del canciller Friedrich Merz. Pero será la lectura política del día después. Las urnas medirán algo menos abstracto, más pegado a la vida: el descontento con quienes gobiernan, el encarecimiento de la energía y de la cesta de la compra en general y los recortes sociales. El deterioro del día a día que una parte de la población percibe como un derrumbe de su bienestar y falta de futuro. A ello se suma la sensación de abandono e incompetencia política, la convicción de que nadie atiende problemas que llevan años acumulándose y el rechazo a decisiones que muchos consideran erróneas, como renunciar al gas barato de Rusia que durante décadas engraso la locomotora alemana. El aumento del coste de la vida atraviesa las dos campañas, aunque con acentos diferentes. En Berlín, la vivienda se ha convertido en su expresión más acuciante; en Mecklemburgo, la energía ocupa un lugar central. Allí, donde durante años estuvo la puerta de entrada del gas ruso de Nord Stream, la ruptura energética con Moscú sigue formando parte de la discusión política. Las propuestas de los partidos en liza difícilmente podrían ser más distintas. Mientras SPD y CDU buscan aliviar la carga de los ciudadanos con ayudas y medidas para contener los precios, AfD y la Alianza Sahra Wagenknecht (BSW), una escisión de Die Linke, defienden una salida diplomática a la guerra de Ucrania y recuperar en el futuro las relaciones económicas y el suministro de energía barata de Rusia. El BSW lo resume sin rodeos en los carteles que salpican carreteras y pueblos: "Nord Stream aufdrehen", volver a abrir el grifo de Nord Stream. De ahí que dirigentes y votantes de ambos partidos sean tachados con frecuencia de "prorrusos", una etiqueta que irrita a varios interlocutores de EL MUNDO. Rechazar la entrega de armas a Ucrania, defender una salida negociada o plantear que algún día Alemania vuelva a comprar gas ruso, argumentan, no equivale a apoyar a Putin. Uno de ellos es Axel Vogt, alcalde independiente de Lubmin, una comunidad de apenas 2.200 habitantes a orillas del Báltico. Llegó a la alcaldía en las listas de la CDU, partido que abandonó en 2021. "No todo el que vota ahora a AfD o a BSW es por ello una mala persona. Todo lo contrario", afirma a este diario. Son, sostiene, ciudadanos que quieren que Alemania no siga perdiendo industria, que su nivel de vida no continúe deteriorándose y que vivir vuelva a resultar asequible. "Quieren poder llegar a final de mes". Lubmin no es cualquier lugar. Aquí desembocó durante años el gas ruso de Nord Stream y aquí Alemania construyó una central para calentarlo después de recorrer unos 1.200 kilómetros bajo el Báltico. El gas dejó de llegar. La central se quedó sin gas que calentar. Y ahora Alemania se la regala a Ucrania. La instalación, de 84 megavatios, producía electricidad y el calor necesario para acondicionar el gas antes de incorporarlo a la red alemana. Pertenece a Industriekraftwerk Greifswald (IKG), participada en un 51% por SEFE Energy -la antigua Gazprom Germania, hoy propiedad del Estado alemán- y en un 49% por E.ON Energy Projects. Sus propietarios buscaron comprador, no lo encontraron y decidieron entregarla gratuitamente a Ucrania, que paga el desmontaje y el traslado. Allí sus componentes servirán para reforzar la infraestructura energética dañada por los ataques rusos. Vogt considera la decisión "insensata". "La gente no lo entiende", dice. No entiende que una instalación concebida para recibir el gas ruso termine en Ucrania mientras la Fiscalía Federal ha llevado ante los tribunales a ciudadanos ucranianos por el sabotaje de Nord Stream. Ni que nadie haya contado con el municipio. "Nadie nos preguntó ni contó con nosotros para nada". Porque el final del gas ruso dejó otra tubería vacía, esta en las cuentas de Lubmin. Según su alcalde, el municipio ha perdido 2,75 millones de euros anuales en impuestos empresariales: unos 1.250 euros por vecino cada año. Nadie, asegura Vogt, se ha ofrecido a compensar ese agujero. Las posturas de la comunidad Unos kilómetros más al este, en Usedom, la geopolítica adquiere dimensiones más domésticas. Beata y Bernt son jardineros municipales en uno de los grandes balnearios del Báltico, junto a la frontera polaca. Hablan de trabajo, de salarios y pensiones que no alcanzan y de unos precios que hacen cada vez más difícil llegar a fin de mes. Y hacen lo que muchos por aquí: para llenar el depósito o hacer la compra cruzan a Polonia. Es más barato. En Alemania el litro de gasolina cuesta 3 euros. Beata y Bernt no dicen a quién votarán. Tampoco hace mucha falta para entender qué les preocupa. En Lubmin un alcalde calcula cuánto dinero ha desaparecido de las arcas municipales; en Usedom dos jardineros calculan cuánto pueden ahorrar cruzando a Polonia. La escala cambia. El bolsillo, no. Y ahí está una de las peculiaridades de esta campaña. Mientras las conversaciones sobre el terreno terminan en precios, salarios, pensiones o energía, la campaña se ha hecho tremendamente personalista y se ha polarizado alrededor de AfD. Manuela Schwesig, la ministra-presidenta de Mecklemburgo-Pomerania Occidental, ha transformado el lema con el que ganó en 2021, Die Frau für MV, en Die Frau gegen Blau: la mujer contra el azul, el color de AfD. En sus carteles domina Schwesig y el logotipo del SPD queda relegado a la letra pequeña. Die Linke carga también contra la ultraderecha. Buena parte de la campaña ha terminado así girando alrededor de cómo cortarle el paso a AfD, que en esta ocasión apenas ha recurrido a uno de sus grandes caballos de batalla, la inmigración. No es extraño: los extranjeros representan sólo el 6,5% de la población del Land, muy por debajo de la media alemana. "Sabemos que en otras partes del país, sobre todo en las grandes ciudades, la cosa está fea, pero aquí no hay", apunta Beate. La CDU ha elegido una estrategia contra AfD más indirecta y con bastante humor. En uno de sus carteles ni siquiera aparece su candidato: aparece un enorme bocadillo de arenque, una institución en esta costa del Báltico, bajo el lema Die Mitte ist das Beste (Lo mejor está en el centro). En otro, una carretera flanqueada por árboles conduce la mirada hacia el centro con otra variante del mismo mensaje: Nur die Mitte ist sicher (Sólo el centro es seguro). El centro como relleno del bocadillo; el centro como lugar del que no conviene salirse de la carretera. La campaña de la CDU insiste una y otra vez en esa idea. Wolfgang Muno, profesor de Ciencia Política de la Universidad de Rostock, advierte en declaraciones a este diario de los riesgos de una campaña construida fundamentalmente contra el adversario. "La investigación científica demuestra que este tipo de campañas negativas son contraproducentes y, además, no movilizan al electorado", sostiene. Y la movilización puede ser precisamente la clave: alrededor de uno de cada cinco votantes todavía no ha fijado definitivamente su decisión. Schwesig ha logrado distanciar su campaña del desgaste del SPD federal. La CDU tiene más dificultades para escapar de la impopularidad del canciller Friedrich Merz. El último Politbarometer sitúa al SPD en el 37% y a AfD en el 36%, mientras la CDU queda en el 6%, menos de la mitad del 13,3% que obtuvo en 2021. La CDU libra ya una lucha por su supervivencia parlamentaria: si cae por debajo del 5%, quedará fuera del Landtag. Y el problema de la CDU no termina en Mecklemburgo. Aquí pelea por evitar la irrelevancia; en Berlín, por conservar el poder. Dos problemas distintos para el mismo partido y para el mismo canciller. En Berlín cambia el escenario, pero no la pregunta. Aquí la CDU gobierna, pero Die Linke le disputa la primera posición. El último Politbarometer sitúa a los postcomunistas en el 22% y a los democristianos en el 20%. Aquí la batalla se libra, ante todo, por la vivienda. Die Linke propone, ante la escalada de los precios y la escasez de pisos, congelar durante un año los alquileres de las empresas públicas, limitar después sus subidas al 1% anual y llevar adelante la socialización de las grandes inmobiliarias aprobada en referéndum en 2021. Quiere además reforzar la protección frente a los desahucios y combatir los alquileres abusivos. Los Verdes plantean dificultar que un propietario rescinda un contrato para recuperar la vivienda para uso propio. La CDU pone el acento en aumentar la oferta construyendo. La otra crisis de Alamania Pero Berlín tiene otro problema mucho más visible. La ciudad está cada vez más sucia y la pobreza se ha instalado también en sus calles. No es un fenómeno relegado a los barrios periféricos: está en el corazón mismo de la capital. Colchones, muebles, electrodomésticos y bolsas de basura abandonados en las aceras forman parte del paisaje urbano, también en zonas céntricas. Y lo mismo ocurre con las personas sin hogar que duermen en portales, estaciones o directamente en la calle. Sólo en 2024, la empresa municipal BSR retiró 54.000 metros cúbicos de vertidos ilegales, con un coste de 10,3 millones de euros. La dimensión social es igualmente visible. En enero, cerca de 57.000 personas sin vivienda estaban alojadas de emergencia, casi 10 veces más que en 2012. Las organizaciones sociales estiman que otras 6.000 o 7.000 viven directamente en la calle. La basura y el sinhogarismo han dejado de ser problemas que Berlín pueda esconder en sus márgenes. La limpieza urbana ha terminado entrando también en campaña. Los partidos prometen más recogida de residuos voluminosos y distintas fórmulas para recuperar un espacio público cuyo deterioro hace tiempo que dejó de ser una cuestión puramente estética. Las dos campañas llegan así al domingo fuertemente polarizadas y con una tensión considerable, aunque por razones diferentes. También en Berlín el resultado tendrá lectura federal. La CDU gobierna la capital, pero llega a las urnas sin tener asegurada siquiera la primera posición. Después del golpe de Sajonia-Anhalt y con el partido reducido al 6% en Mecklemburgo, según las encuestas, un retroceso en la capital añadiría presión sobre Merz. Las elecciones regionales no deciden la continuidad de un canciller, pero sí alimentan el debate que ya ha estallado sobre su liderazgo.
Source
El Mundo
· Carmen Valero