Todos lo hacemos aun sabiendo que perdemos el tiempo. Intentamos convencer a alguien que mantiene posturas opuestas a las nuestras de que está equivocado, de que nosotros tenemos razón. Pero nunca nadie cambia de opinión.
En el mejor de los casos, como decía mi madre, quedamos en na’a. En el peor, nos volvemos más dogmáticos, más violentos y crece la enemistad. Que si Dios existe, que si Pedro Sánchez es el demonio, que si los palestinos o los israelíes… lo que sea. No hay manera.
“Como regla general”, decía William Hazlitt, un escritor del siglo XIX, “no hay conversación que valga la pena sino entre amigos o entre aquellos que coinciden en las mismas ideas fundamentales sobre una cuestión”.
Esta es la conclusión a la que han llegado por fin Canadá y la Unión Europea respecto a Estados Unidos. Se intentó razonar, negociar, hacer concesiones, incluso camelar (“papito” “daddy”, le llamaba aquel a Trump), pero nada. Tan inútil como un debate entre Washington y Moscú sobre los méritos de la democracia o del comunismo durante la guerra fría.
Y guerra fría, o algo muy parecido, es lo que vemos ahora entre los dos nuevos bloques, inconcebibles en la era pre-Trump, que de repente dividen al mundo. Uno lo lidera Mark Carney, el primer ministro canadiense, en nombre de los valores democráticos que comparte con los europeos; el otro, Donald Trump, en nombre de los valores autoritarios que comparte con Putin, Netanyahu y los neonazis alemanes.
Esta semana se escenificó en el Parlamento Europeo el comienzo de la resistencia democrática frente al eje del mal. Nadie de los 27 países europeos representados se había olvidado del discurso que dio Carney en enero de este año, en el que dijo: “Las potencias intermedias tenemos la capacidad de construir un nuevo orden que incorpore nuestros valores… debemos actuar juntas, porque, si no estamos en la mesa, estamos en el menú”.
Por eso, y por la cada vez más desafiante actitud de Canadá frente a EE.UU., Carney fue ovacionado cuando entró en el foro el jueves, y de nuevo durante su discurso después de que los parlamentarios europeos dieran luz verde a la propuesta de que Canadá debía ser incorporada como “miembro asociado” de la UE.
“No buscamos el poder para dominar a los demás”, declaró Carney. “Al contrario, buscamos fortalecer nuestra resiliencia para que nadie pueda controlar nuestros mercados abiertos, menoscabar nuestra soberanía, amenazar nuestra integridad territorial ni socavar nuestras libertades, nuestras democracias o nuestro Estado de derecho”.
Estaba clarísimo a quién se refería. Incluso Trump lo entendió. “¡Un acto hostil!”, chilló. Ursula von der Leyen, la presidenta de la Comisión Europea, se contagió del valor de Carney y dijo que había llegado la hora “de reimaginar urgentemente nuestras alianzas”.
“Reimaginar” significaba dar por acabada la relación de confianza y amistad que había perdurado con Estados Unidos desde el final de la Segunda Guerra Mundial. “Urgentemente”, que no había ni un minuto que perder frente a la demencia galopante del rey naranja. El líder del mundo libre ya no es el presidente de Estados Unidos sino el primer ministro de Canadá. Lo es no solo porque es el más inteligente y el más claro en sus ideas de todos los políticos que defienden el orden democrático global contra el caos nihilista que pregona el chiflado del despacho oval. También porque es el más valiente.
Canadá tiene un montón que perder. Su economía depende muchísimo más del comercio con EE.UU. que la europea. Defensor de la soberanía nacional y de la de cada uno de sus compatriotas, con cuyo apoyo cuenta, Carney se la está jugando como casi nadie en el escenario político global. La excepción sería el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, que se enfrenta a la mafia Putin-Trump con sudor, lágrimas y ríos de sangre.
Una manera de marcar las diferencias entre los dos bloques es, precisamente, el inflexible apoyo político y militar a Ucrania de aquel que lidera Carney. Lo que también es una manera de refutar la noción de que la nueva alianza propuesta entre Canadá y la Unión Europea es un gesto que carece de sustancia.
Franklin Delano Roosevelt, un presidente de EE.UU. algo diferente al actual, dijo la famosa frase: “No tenemos nada que temer salvo el miedo mismo”. Esa es la consigna de Carney. El calor con el que lo recibieron en el Parlamento Europeo demuestra el deseo del Viejo Continente de superar la timidez que ha demostrado hasta ahora y hacérsela suya.
En agosto del año pasado la UE respondió a los aranceles que le impuso Trump como un rebaño de corderos. Se llegó a un acuerdo según el cual se aplicaría un arancel del 15 por ciento a todas las exportaciones de la UE a Estados Unidos, el triple del promedio anterior. A cambio, Estados Unidos mantendría un régimen de aranceles cero para sus exportaciones a la UE. Patético y humillante.
Esa era una época en la que los europeos persistían en la idea de que podrían persuadir a Trump de que cambiara de opinión. Que es lo mismo que decir que cambie su manera de ser, su identidad. La calurosa bienvenida a Canadá del club europeo demuestra el reconocimiento de que un escorpión siempre será un escorpión, que matar, como cuenta la antigua fábula, “es su naturaleza”. Entendieron también la verdad de lo que decía Hazlitt, que solo es posible una conversación que valga la pena entre aquellos que coinciden en las mismas ideas fundamentales.
Paul Krugman, el premio Nobel de Economía neoyorquino, citaba en un escrito el viernes El príncipe de Maquiavelo. Lo habitual es recordar aquella frase que dice que es mejor para un líder ser temido que amado. Pero, Krugman recuerda, la idea fue más compleja. Maquiavelo agregó: “Un príncipe debe inspirar temor de tal manera que, si no consigue ganarse el amor, evite suscitar el odio”.
Trump, como dice Krugman, genera odio en el mundo civilizado que habitan Mark Carney, sus seguidores europeos e incluso por fin, como dicen las encuestas, la mayoría de los estadounidenses. Y como todo autócrata debería saber, y muchos han descubierto, el odio vence al miedo. “Por ahora”, concluye Krugman, “celebremos con cautela el claro descenso del temor que Trump inspira, tanto en el extranjero como en su propio país”.