La inflación vuelve a ocupar estos días el centro del debate económico. El fuerte repunte que experimentó el Índice de Precios de Consumo (IPC) el pasado mes de agosto tras alcanzar una tasa del 4,3%, su nivel más alto desde febrero de 2023, ha provocado una nueva ola inflacionista. España, como ya viene siendo habitual, la está notando más que sus vecinos europeos: el IPC de la eurozona se situó en el 3,3% en agosto. Esa es la panorámica general, pero una mirada en las tripas de la inflación permite ver más allá y examinar los componentes que erosionan el poder adquisitivo de la ciudadanía. Los salarios, de hecho, ya empiezan a notar el empuje de la escalada de precios. No hay que ser un experto para deducir que este aumento de la inflación tiene su origen en el conflicto en el estrecho de Ormuz, que amenaza con enquistarse. Los precios de energía y los carburantes fueron los primeros en subir hace ya unos cuantos meses al calor de las subidas del gas y del petróleo en los mercados internacionales. Pero esa tensión inflacionista ya está trasladando a otros sectores económicos y empieza a erosionar (otra vez) el bolsillo de los ciudadanos.  Esa erosión de los salarios reales pudo visualizarse este pasado jueves después de que el Instituto Nacional de Estadística (INE) publicara la Encuesta Trimestral de Coste Laboral. Este indicador muestra el salario bruto por todos los conceptos que pagan las empresas a los trabajadores y repite en sus subidas o sus bajadas la tendencia de lo que al final termina siendo el sueldo real. De acuerdo con los datos del INE, el coste salarial medio por trabajador para las empresas subió un 0,8% en el segundo trimestre de 2026 y un 4,2% en términos interanuales. La inflación media acumulada en el año alcanzó un 1,8% en ese segundo trimestre, lo que se sustancia en una leve caída trimestral del salario bruto del 1%. Sin embargo, echando la mirada a los datos interanuales, estos indican que hasta junio el salario bruto había crecido por encima de la inflación en los 12 meses anteriores: 4,2% frente al 3,2% del IPC. En cuanto Estados Unidos e Israel atacaron Irán el pasado 28 de febrero, los salarios empezaron a perder su ventaja sobre la inflación. Muchos economistas sostienen, entre ellos el ministro Carlos Cuerpo, que en este nuevo episodio inflacionario hay una cierta continuidad que se mantiene desde el año 2021. Si ampliamos el foco y cruzamos los datos del INE sobre el salario bruto anual con los de la inflación entre 2021 y 2025, se puede apreciar en términos absolutos que en estos años el IPC ha crecido más que el salario bruto anual: un 18,4% frente a un 17,2%. En 2026, la situación ha empeorado. La situación no es halagüeña. El Banco Central Europeo (BCE) no descarta que la inflación alcance el 6% antes del final de este 2026. Como señalaba el otro día en Twitter el economista Jorge Galindo, director de la escuela de negocios Esade, "la inflación no está en el pico de 2022, pero sí donde estaba en septiembre de 2021, cuando empezó la escalada". Una escalada que solo empezó a normalizare bien avanzado 2023. Algunos aún ven lejano ese escenario, pero también hay un consenso generalizado en anticipar que 2026 puede terminar con una inflación en torno al 4%. "La cosa se puede poner fea si no se controla el precio del petróleo y si no se controla el tema de la guerra, porque todos los informes están señalando que puede ir todo peor", señala al respecto Juan Torres, profesor jubilado de Economía Aplicada en la Universidad de Sevilla.  En esta situación, algunos apuntan como relativamente buena noticia que la inflación subyacente, la que no incluye la energía ni los alimentos frescos, se mantenga en el 2,9%. Eso significa que, si se elimina el componente energético, el resto de la inflación se mantiene por debajo del 3%. Aun así, las fuertes subidas del diésel y la gasolina, que ya acumulan una subida superior al 30% en lo que va de 2026, o de la luz, que según Facua también muestra una subida del 30,5% con respecto al mes de septiembre de 2025, ya se están trasladando a otros sectores.  Según el cálculo de Esade elaborado con datos del INE, el transporte se encareció un 9,4% el pasado mes de agosto; la hostelería, un 4,8%, mientras que los suministros de los hogares se fueron por encima del 6%. Los precios turísticos también fueron un 10% superiores en agosto respecto al año anterior. También los alimentos se están encareciendo: si en julio soportaban una inflación del 1,7%, en agosto alcanzaron ya el 2,5% de media. Pero mientras que los elaborados están estancados en el 1,3%, los alimentos frescos escalaron en agosto hasta el 4,5%, el doble que en julio.  La inflación también empuja hacia arriba los costes de producción, pero al mismo tiempo sirve de excusa a las empresas para aumentar sus márgenes. Esa circunstancia ya se está empezando a producir, y eso a pesar de que la crisis del estrecho de Ormuz ha propiciado grandes beneficios a las energéticas y a las eléctricas. "Aquí hay un problema de subida de precios por la energía, por los márgenes empresariales y por las cadenas de suministro", apunta a Público el economista Juan Torres.  Con la inflación alta, los bancos centrales han apostado por subir los tipos de interés. El BCE lo ha hecho dos veces en lo que va de año y la Reserva Federal de Estados Unidos (Fed), una. "Subir los tipos de interés no abarata el petróleo ni el gas. Pero sí puede frenar la economía y destruir empleo. Eso es matar moscas a cañonazos", explicaba el otro día en Twitter el economista Nacho Álvarez. "Al subir los tipos de interés se frena la actividad. Así bajarán los precios, pero lo que estás provocando que la economía vaya a peor. Eso equivale a quitarle la fiebre a un enfermo matándolo. El problema es que los bancos centrales fueron diseñados para combatir la inflación así y solo disponen de este único instrumento de los tipos. Incurren una y otra vez en el mismo error siempre que hay tirones de los precios", secunda Juan Torres. Para Torres, la subida de los tipos de interés solo estarían justificados si hubiera "una demanda de dinero desmesurada y sin motivo". "El razonamiento de los bancos centrales es que como están subiendo los precios, es que está subiendo la demanda de dinero, pero no. Para corregir el problema, lo primero es saber qué hay inflación. Subir los tipos de interés no solo provoca que haya menos actividad y más desempleo, sino que también hace que bajen salarios y los grandes capitales se beneficien, porque la gente que tiene dinero gana más", ilustra Torres. ¿Hay entonces alguna alternativa para combatir la inflación sin recurrir a la artillería pesada de los tipos de interés? Nacho Álvarez propone hacerle frente atacando su origen, es decir limitando los precios energéticos. Juan Torres amplia la propuesta: "El Gobierno podría optar por medidas que sí que son eficaces en estos casos. Se trata de corregir los fallos del mercado, corregir los cuellos de botella y así ayudar a que no suban los precios", concluye Torres. Ante este escenario, el Gobierno está evaluando si prorroga las medidas del plan de respuesta a la guerra en Oriente Medio que caduca el próximo 30 de septiembre. La limitación del precio de los combustibles ya decayó el pasado 30 de junio, pero el Gobierno quiere seguir apoyando apoyar a las familias y sectores más afectados por el rebrote inflacionario.  Sumar, el socio de gobierno, también ve clave actuar sobre el poder adquisitivo, la distribución y la cesta de la compra y activar de nuevo "la excepción ibérica" frente a los incrementos extraordinarios del precio del gas, mientras que los agentes sociales —sindicatos y patronal— también demandan respuestas. Esa respuesta llegará, como muy tarde, a final de mes.