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Juan Andrés Verde, cura: «Después de pasar por el seminario, a veces puedes olvidar fácilmente lo que era la vida sin Dios, la vida sin fe»
La vida del sacerdote gira en torno a Dios. Reza todas las mañanas y las tardes, celebra la misa cada día, atiende espiritualmente a las personas que se acercan a su parroquia, imparte catequesis a niños y adultos, y tantos otros momentos de entrega a los demás en los que pone su corazón hasta que termine la jornada. De esta forma llena su día de actividades que aumentan su relación con él y su amor por las almas de su alrededor. El Padre Juan Andrés Verde reconoce que, en su caso, esta máxima no siempre fue así . Tiene 37 años y es sacerdote diocesano en Montevideo (Uruguay). Antes de descubrir su vocación sacerdotal vivió un pasado que ni la rutina ni los años de ministerio le pueden hacer olvidar. Él mismo comparte su historia personal en el podcast ' Se buscan rebeldes '.Antes de entrar en el seminario y de recibir la ordenación, este cura uruguayo tenía una realidad alejada de Dios y del cuidado del prójimo. Sus días se desarrollaban en la facultad de veterinaria , en los campos de rugby y junto a una novia que tenía entonces . Todas estas facetas le llevaron a donde está hoy y, por ello, son una fuente de agradecimiento. El pasado de Juan Andrés en el rugby«Yo doy gracias a Dios el no olvidarme nunca del vestuario», afirma. Antes de entrar en el seminario, Juan Andrés jugaba al rugby en la Selección. Disputó dos mundiales con los celestes y viajó a Inglaterra, Escocia, Australia, Nueva Zelanda, Japón, Sudáfrica, Estados Unidos y Argentina.Esa experiencia que le marcó durante su adolescencia y juventud, que era «el sueño de todos», le permite hoy en día valorar con más intensidad su vocación sacerdotal. Declara: «Creo que eso es un regalo de él, porque después de pasar por el seminario a veces puedes olvidar fácilmente lo que era la vida sin él , la vida sin fe».«Nos acostumbramos tanto a estar con Jesús, a hablar de él, a compartir con él, que un regalo que le pido es no olvidarnos de lo que es vivir sin él». El sacerdote reconoce que su vida actual, llena de Dios y del amor a los demás, no hace que se borre su pasado como deportista o estudiante de veterinaria. De hecho, esas memorias le recuerdan el don de la vocación que en cierto momento cambió su mundo y le hizo todavía más feliz. El papel de su novia en su camino hacia le seminarioEl uruguayo tenía una novia de la que tantos años después todavía se acuerda. Ella también formó parte de su camino hacia el seminario , tal y como desvela el propio cura: «La que era mi novia, Jimena, me dice, 'Y gordo, ¿tú nunca pensaste en ser sacerdote?'. Ya me lo había preguntado alguna otra persona, pero que me lo pregunte ella fue muy salado, muy fuerte». Esta conversación entre Juan Andrés y su novia avivó la llama de la vocación que Dios ya había encendido con experiencias anteriores, como un mes de misiones y unos ejercicios espirituales ignacianos. «Al tiempo, tristemente, ella falleció en un accidente», revela el sacerdote. Su novia no llegó a conocer su decisión de entrar en el seminario, principalmente porque el joven empezó a plantearse esta posibilidad en serio a raíz de su muerte. «Generó una serie de dudas» que le llevaron a decir que 'sí' a la entrega total de su vida. Juan Andrés aceptó la muerte de Jimena como una oportunidad para cumplir la voluntad de Dios: « Gracias a esa pregunta que ella me hizo fue que terminé entrando al seminario y diciendo, 'bueno, por lo menos me voy a sacar la duda'. Me voy a sacar la duda».Por eso, cuando recuerda el pasado y la recuerda a ella, Juan Andrés solo está agradecido. «Hasta el día de hoy estoy muy agradecido a Dios por quién fue esta chica en mi vida , lo que dejó», comenta.No niega el dolor: «Claramente también las dudas, el misterio, el dolor, están»; pero de él nació lo mejor que le ha pasado en la vida: «Estoy convencido de que no habría Padre Gordo Verde —como le conocen popularmente en Uruguay— si no hubiera sido por la novia que el Señor en su momento puso en mi camino».
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ABC España
· Almudena Martín